La traca valenciana 3








Miguel-Juan PEREDA HERNÁNDEZ
      

        Para los festeros almanseños cualquier acto que se precie ha de acabar, necesariamente, con el fragor, el humo y el olor a pólvora de una buena traca. Las mascletás, si bien estuvieron casi perdidas durante algún tiempo, han sido recuperadas desde hace unos años. Las cordás, que antaño apasionaron a nuestros abuelos, hoy se han perdido por completo. Tracas, mascletás y cordás constituyen las manifestaciones más características de los llamados fuegos valencianos; pues bien, muy pocos sabrán que el origen remoto de dichos fuegos está relacionado, en cierto modo, con Almansa.
    En la ciudad de Valencia existieron talleres y fraguas donde se fabricaban armas que, con el paso de los siglos, constituyeron el denominado Parque de la Ciudadela, en cuyos almacenes se guardaba gran cantidad de armas de fuego —culebrinas medievales, mosquetes, trabucos, pistoletes...— conocidas, en general, como “traques”.
    En el transcurso de la Guerra de Sucesión Española, la sociedad valenciana se fragmentó. Las clases populares “maulets” apoyaron al archiduque de Austria y consiguieron armas en el Parque de la Ciudadela, mientras que las clases altas“botiflers”, que poseían armamento propio, tomaron partido por los Borbones. Como consecuencia directa de la victoria borbónica en la batalla de Almansa (25 de abril de 1707), Valencia fue ocupada por las tropas de Felipe V y su fábrica de armas desmantelada y trasladada a Toledo. Las armas antiguas en desuso fueron apiladas en el patio de la fábrica y quemadas. Tras arder la madera de las culatas, los tubos de hierro de los cañones fueron vendidos como chatarra.
    Muchos herreros y canteros de Burjassot, Godella, Moncada, Paterna y Bétera (antiguos operarios del Parque de la Ciudadela) compraron estos restos, pero no los fundieron, sino que los conservaron y, una vez acabada la guerra, adoptaron la costumbre de clavar estos tubos en el suelo, cargarlos de pólvora y después dispararlos para celebrar las fiestas populares en las aldeas y alquerías. El disparo de cada uno de estos “cañoncetes” sonaba“trac”, y cuando eran varios seguidos “trac, trac, trac...”.  Tanto por el nombre antiguo valenciano de aquellas armas (“traques”) como por su onomatopeya, en Burjassot comenzó a denominarse a esta sucesión de explosiones con el nombre de traca, y se llamó “traquer”a quien la disparaba. Esta práctica pronto pasó de las aldeas a los pueblos, después a las ciudades, aunque nunca a la capital.
Las murallas de Valencia estuvieron defendidas con bombardas (morteros), piezas que, tras la batalla de Almansa, fueron vendidas asimismo para fundirlas. Los“traquers” salvaron unas cuantas, a las que denominaron“canterellas”. Cuando éstos disparaban sus tracas, en su montaje cargaban varios tubos o cañoncetes y al final ponían una bombarda o “canterella”  que si se cargaba con salva se llamaba “mascle”, y si se hacía con caramelos se denominaba “femella”. En caso de disparar tracas con “canterella mascle”, se hablaba de mascletá, pero cuando se hacía con “canterella femella”, se trataba de femellá. Los disparos en “mascle” se hacían en las fiestas de hombres, o en los que éstos eran los protagonistas, mientras que los disparos en “femella” se hacían en las fiestas de mujeres (a veces dependía de si la onomástica a festejar era de santo o santa).
Durante la Guerra de la Independencia no se dispararon tracas. Acabada la contienda, el régimen absolutista de Fernando VII las prohibió, aunque muchos pueblos retomaron de nuevo su práctica de manera clandestina. Las autoridades locales, civiles o religiosas, que no permitían el disparo de estas tracas, eran calificadas con el despectivo término de“cansalà” (máximo insulto “traquero” para un valenciano).
La demanda comenzó a ser cada vez más grande, de manera que, entre los herreros que se dedicaron a forjar nuevos “cañoncetes” y los canteros que tenían acceso a la pólvora por su oficio, surgieron nuevas familias de “traquers”. A partir de este momento, la traca daría lugar a nuevas variantes: “els trons en flama” (disparo en la calle), “el couet borratxo” (la cordà), “el ninot” (la falla), “el tro de canterella” (la mascletà), “ la disparà al núvol o nuvolà” (disparo desde la torre de campanas), “la disparà escopetera” (trabucos de soldadescas o moros y cristianos)...
De todas estas modalidades, la más espectacular resultó ser la cordà, que nació en Bétera en 1814 y, en apenas tres lustros, se extendió por toda la geografía valenciana. La cordà tiene su fundamento en el llamado cohete borracho o carretilla. Originalmente, éste se fabricaba cargando con pólvora un canuto o trozo de caña, en uno de cuyos extremos se ponía un obturador de mortero para que saliese el fuego, y en el otro se instalaba un trueno. La carga se hacía con pólvora de distintas velocidades de combustión, de forma que diesen chorros y pausas consecutivas. El número de chorros de fuego solía ser de cuatro a siete, con tres a seis pausas, al final siempre se producía una explosión. Como el tubo continente de caña, por su fragilidad, tendía a explotar, se le ataba en espiral un cordel de esparto o pita embreado, de forma que al arder el cohete y calentarse, se fundía la brea untando el esparto y apretando la caña.
Antiguamente la cordà consistía en atar una cuerda de 30 a 50 metros de longitud de balcón a balcón, a lo largo de una calle, y suspender de ella un recipiente móvil, llamado carro en los pueblos labradores o barca en los marineros. De este receptáculo se colgaba una docena o dos de cohetes borrachos (carretillas en Almansa por pender de carro, como pueblo labrador), a los que se les daba fuego y se soltaban. El carro o barca de la cordà era trasladado de un extremo a otro de la calle por los coheteros locales. Una vez acabada ésta, el suelo quedaba sembrado de canutos de caña, que eran recogidos por los labradores a fin de aprovechar el cordel.


Durante el siglo XIX se hicieron cordàs en todos los pueblos valencianos, así como en otros de las provincias colindantes —Tarragona, Teruel, Cuenca, Albacete, Alicante y Murcia—; lógicamente, también en Almansa. No llegaron a hacerse nunca en la ciudad de Valencia, donde siempre fueron prohibidas y menospreciadas, por considerarlas una reminiscencia bárbara, propia de gente inculta, analfabeta y de pueblerinos.
Con el siglo XX vendría la decadencia para los fuegos valencianos, sobre todo a partir de 1914. Hacia 1940, con la llegada de la figura del pirotécnico, la internacionalización acabó alcanzando a la traca y, finalmente, se perdieron los orígenes.

FUENTES: “Historias de la Traca”; un curioso libro elaborado por el “Mestre de traca so Andrés Castellano Martí, fill de Vicent y fill de Benilde”.


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La persona inteligente viaja para enriquecer después su vida en los días sedentarios, que son más numerosos..

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