Las máscaras y el Carnaval de Venecia







En el s. XVIII se “permitía” llevar máscaras durante la época de carnaval, que se iniciaba junto con la temporada teatral a principios de octubre y seguía hasta el martes antes de Cuaresma, con una interrupción desde el 16 al 25 de diciembre más algunos días posteriores de pausa. Pero el carnaval no era la única ocasión para ponerse una máscara: también se podía llevar los 15 días de fiesta de laSensa, cuando se celebraba la elección del dux, en la boda de sus hijos, en el nombramiento de los procuradores de San Marcos, en el de los grandes cancilleres, patriarcas e, incluso, del nuncio pontifical.


Hoy día el carnaval se abre con el “vuelo del ángel”: un acróbata recorre sobre dos cables la distancia que separa el campanil de San Marcos del Palacio Ducal. Antes de ser un ángel, el acróbata iba vestido de turco.


Cuenta la leyenda – … que las máscaras llegaron a Venecia cuando, en 1204, Enrico Dandolo se trajo de la conquistada Constantinopla un “cargamento” de mujeres musulmanas veladas.




“¡Buenos días, señora máscara!” – Así se saludaban en el s. XVII las personas que llevaban máscara. El llevar la baùta (especie de capa negra provista de una capucha y una máscara) se había convertido en algo tan normal que la iglesia se vio obligada a pedir oficialmente a los venecianos que al menos se despojaran de ella al entrar en una iglesia.


El regreso del carnaval – A medida que declinaba el poder de Venecia, las distracciones ocupaban un sitio cada vez mayor en la vida de la ciudad. Pero en 1797, la derrota infringida por las tropas francesas a la República marca el fin de su existencia milenaria, y al mismo tiempo la prohibición de estas inútiles mascaradas. Sin embargo, en los años ochenta y tras algo menos de dos siglos, la ciudad, siempre deseosa de reafirmar su pasión insaciable por la diversión y las fiestas, acabó por desenterrar brillantemente los tradicionales placeres del carnaval. El gran Carnaval de Venecia impone las máscaras y disfraces, y cada año, la Plaza de San Marcos se queda pequeña para acoger a los visitantes que llegan desde todos los rincones del mundo. En el carnaval las reglas del juego son siempre las mismas (ya se trate de la baùta, del tàbarro –capa grande–, del tricornio o de la gran máscara adornada con un pico que llevaban antiguamente los médicos durante las epidemias de peste): no intentar descubrir la identidad del o de la que esconde sus rasgos tras una máscara.


La necesidad de llevar una máscara parece estar visceralmente unida a la vida de la ciudad. Posiblemente se deba, como dice el escritor Silvio Ceccato, al hecho de que “las calli son estrechas y los habitantes poco numerosos. A cada paso que das, siempre te encuentras con alguien. Ni hoy hay vehículos para ocultarse de la muchedumbre, ni antaño existían carrozas con cortinas opacas en sus ventanas para escapar a las miradas de los curiosos. En Venecia te encuentras desnudo, tan desnudo que no basta con la ropa y necesitas una máscara”. Esta idea la resume Frédérick Tristan con su frase lapidaria: “La máscara ha nacido tanto del juego como del miedo”.

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La persona inteligente viaja para enriquecer después su vida en los días sedentarios, que son más numerosos..

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